Una historia del tabaco

Por Analay Medero Alvarez

Gricel

Cuando en Cuba uno de los participantes de un diálogo desea que el que tiene la palabra sea conciso, generalmente le pide, si media entre ellos una relación de confianza, que no haga la historia del tabaco. Se dice que durante el encuentro de Cristóbal Colón y los taínos, en la tierra más hermosa que ojos humanos habían visto, estos lo obsequiaron con unas aromáticas hojas de tabaco, al que llamaban cohiba en su lengua. Si el hecho fue cierto, entonces la historia del tabaco cubano es tan extensa como la de la propia Isla, con lo que la popular frase empleada en solicitud de brevedad no carece de fundamento. Pero, no tema nuestro lector encontrar aquí un cuento muy largo, el presente es, literalmente, una simple historia inspirada en el apasionante mundo tabacalero cubano.

La producción de tabaco constituyó, en los primeros siglos coloniales, uno de los renglones fundamentales de la economía de Cuba; sin embargo, a partir del xviii se ve afectada por la creciente expansión azucarera. Las vegas poseen todas las condiciones que satisfacen los intereses de la sacarocracia:

Son fértiles, tienen regadíos naturales, están lo suficientemente desmontadas para proceder de inmediato al cultivo de la caña y conservan los necesarios bosques para mantener encendidos los fuegos [de la fábrica], se hallan bien situadas, hay trazados caminos que las [unen] a los puertos de embarque […] y, por último, están en las únicas zonas de población donde arrancar obreros asalariados para el trabajo de los ingenios.[1]

Así, los campos de tabaco se van convirtiendo en grandes cañaverales y fábricas de azúcar. Quizás el caso más evidente de esta extinción tabaquera haya tenido lugar en San Julián de los Güines, poblado en el que se cultivaban todos los tipos de tabaco. Cuenta Manuel Moreno Fraginals, en su texto clásico El ingenio, que la oligarquía sacarócrata de La Habana le regaló al Gobernador de la Isla, Luis de las Casas, un ingenio en Güines: La Amistad, con el objetivo de sobornarlo para que interviniera a su favor en el arrasamiento de las vegas. Sin ningún pudor, De las Casas no solo aceptó el obsequio, sino que además se hizo construir otro ingenio, el colosal Alejandría. Los sacarócratas querían la llanura roja en toda su extensión y para conseguirla debían expulsar a los vegueros más allá de Artemisa. Estos, sin autoridad a la que acudir, se refugiaron en tierras lejanas como Vueltabajo, en Pinar del Río. En esa zona no estaban interesados los productores azucareros, así que comenzaron a exaltar el tabaco de Vueltabajo como el mejor del mundo. Tocó en suerte que así fuera.

Avanzado ya el siglo xix, la manufactura semimecanizada del azúcar “ha agotado todas las posibilidades de desarrollo interno dentro de los parámetros de la plantación esclavista [y] entra en la crisis que la lleva a su desintegración”,[2] como consecuencia, se produce un notable crecimiento tabacalero. En esta época, el 21 de diciembre de 1865, aparece en la fábrica El Fígaro, ubicada en las afueras de La Habana, un personaje que se convertiría en parte esencial dentro del ámbito tabaquero en Cuba: el lector de tabaquería. En varias ocasiones los gobernantes españoles suspendieron la lectura, porque desde su tribuna, el lector tenía una posición óptima para la propaganda independentista. Mas, a pesar de las prohibiciones, la tradición continuó, se extendió por toda la Isla y fue exportada a otros países, sin embargo, solo aquí se ha mantenido.

Odalys

Actualmente, en las fábricas, despalillos y escogidas de tabaco el lector es seleccionado, como en el siglo xix, por votación de los trabajadores, que son, además, quienes proponen y aprueban, en muchos casos, las obras que se van a leer. Asimismo, los tabaqueros indican satisfacción o desagrado con la chaveta, el instrumento que usan para cortar las hojas de tabaco. Si la obra leída les gusta, golpean repetidamente con la chaveta encima de las mesas, simulando aplausos; si, por el contrario, el texto no les place, dan con ella un toque seco o la lanzan al suelo.

En la antigua Fábrica de tabacos H. Upmann, hoy Empresa de tabaco torcido José Martí, trabaja Gricel Valdés-Lombillo Pérez, la lectora con más experiencia de la capital cubana. Muchos creen que el lector de tabaquería es un comunicador por excelencia, no podemos afirmar que cada uno de ellos lo sea, pero en el caso de Gricel, sí tenemos la certeza absoluta. Alrededor de una hora conversamos con ella y el tiempo pasó volando entre anécdotas, risas e incluso lecturas.

Nos contó que de pequeña solía decirle a su mamá que Martí era su abuelo, ya crecidita advirtió que el Apóstol no figuraba en su árbol genealógico, pero seguía siendo profundamente martiana, así que su madre le compró un busto del héroe. Gricel se hizo profesora de Historia y en el aula donde impartía clases colocó su busto de Martí; cuando dejó de ejercer el magisterio se lo llevó para su casa y ahora lo tiene en esta fábrica, en su tribuna de lectura. Cree que él la acompaña y la protege. “En mis ceremonias de santería —nos confiesa— siempre invoco al espíritu de Martí, él me ha ayudado a llegar donde estoy”. Sin extendernos en misticismos, solo dejaremos apuntado que, mientras organizaba el reinicio de la contienda independentista, José Martí mantuvo una estrecha relación con los tabaqueros cubanos que habían emigrado a Estados Unidos y pronunció varios discursos, desde las tribunas de fábricas de tabaco de Tampa y Cayo Hueso, con el propósito de que los trabajadores apoyaran la libertad de la Isla.

Fue un tío político quien le propuso a Gricel que se presentara en la fábrica y se sometiera a las pruebas para hacerse lectora de tabaquería. Al principio no fue fácil, dice que salía llorando a veces porque la mayoría de los trabajadores no la aceptaba y tiraba con frecuencia la chaveta al piso. El tío le aconsejó que fuera a la Partagás para aprender con el lector de allí, la experiencia la ayudó bastante, así como las prácticas que empezó a hacer con su mamá en la casa. Ella le decía que tenía que ponerle sentimiento, que debía cambiar la voz al interpretar personajes diferentes, memorizar la de los protagonistas y usarla durante todo el relato para que su auditorio pudiera identificarlos. Tras grandes esfuerzos, finalmente aprendió a “leer” y ya lleva veinticinco años haciéndolo. Tiene edad para jubilarse, pero ama su trabajo, por eso sigue en la fábrica. Está convencida de que un buen lector es una suerte de confesor para los tabaqueros. “Los míos me han confiado hasta sus asuntos más privados” —acota. En ocasiones le preguntan sobre temas que ella desconoce, entonces se informa, busca un especialista y lo invita a dar una conferencia en la fábrica. Dice que ha llevado a su médico a hablar de diabetes, hipertensión y hasta de infecciones de transmisión sexual.

En las mañanas tiene dos turnos de media hora cada uno, en ese horario lee las noticias y presenta al especialista que haya invitado. Durante otra media hora, en la tarde, lee una novela. Si alguien falta al trabajo, la llama a la casa por la noche y le pregunta sobre lo que leyó ese día. Las lecturas preferidas de los tabaqueros son los policiacos, las aventuras, las historias de suspenso y las de amor, sobre todo las que contienen algún pasaje erótico. El conde de Montecristo es el texto que más ha leído aquí porque a los trabajadores les encanta. Al protagonista de esta novela debe su nombre la conocida marca de tabacos cubanos Montecristo. Otra de sus obras favoritas es Romeo y Julieta, que también inspiró el nombre de unos famosos habanos. Gracias a su gestión una librería viene todos los meses a vender libros a los tabaqueros, que han llegado a desarrollar hábitos de lectura.

En el año 2012 la labor de los lectores de tabaquería fue declarada Patrimonio Cultural de la Nación, Gricel piensa que lo que se ha hecho para reconocer este fenómeno típicamente cubano aún es insuficiente, por eso agradece a Zoe Nocedo Primo, una de las investigadoras y defensoras principales de este tema en la Isla. Pero Gricel tiene fe, sabe que alguno de los más de 130 lectores que hay en Cuba tendrá un día la satisfacción de ver la lectura de tabaquería convertida en Patrimonio Inmaterial de la Humanidad.


Referencias

[1] Manuel Moreno Fraginals: El ingenio. Complejo económico-social cubano del azúcar, Tomo I, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 2014, p. 52.
[2] Manuel Moreno Fraginals: op. cit., Tomo II, p. 124.

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    Antigua fábrica de tabacos H. Upmann en La Habana
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    Gricel.
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    Placa H. Upmann