Los bares preferidos de Hemingway: el Floridita y la Bodeguita

Por Analay Medero Alvarez

El Cunard, el Sloppy Joe’s Bar, el Donovan y el Two Brothers se cuentan entre los bares habaneros que Ernest Hemingway solía visitar; sin embargo, solo el Floridita y la Bodeguita del Medio, otros de los establecimientos que frecuentaba, tuvieron la suerte de ser inmortalizados por el novelista en la frase que escribió en una de las paredes de ese último sitio y que ha dado la vuelta al mundo: “My mojito in La Bodeguita, My daiquiri in El Floridita”. Al parecer, en el bar del Ambos Mundos, Hemingway no hallaba el encanto del ambiente del Floridita, por eso, mientras vivió en esta instalación durante la década del 30, e incluso después de haberse mudado a Finca Vigía, iba casi a diario a ese bar, situado muy cerca del hotel, en la esquina de las calles Obispo y Monserrate, en La Habana Vieja.

El Floridita fue inaugurado en 1817 con el nombre de La Piña de Plata. Tras algunos años amplió su área con un restaurante y comenzó a ser llamado La Florida, denominación que volvió a variar cuando se hizo conocido con el familiar diminutivo que aún hoy posee. El daiquirí, trago que Hemingway pedía invariablemente en este bar, nació en Santiago de Cuba como resultado de los experimentos del ingeniero norteamericano Jennings Cox, quien, buscando mejorar el sabor del ron que quería ofrecer a unos amigos, le añadió un poco de zumo de limón, hielo y unas cucharaditas de azúcar. Cuentan que la mezcla gustó y Giacomo Pagliuchi, un italiano colega de Cox, la bautizó con el nombre de una playa cercana y de la mina de hierro en la que ambos trabajaban: Daiquirí. Cox y Pagliuchi enseñaron la receta al cantinero del bar Americano del hotel santiaguero Venus. A partir de entonces, el trago empezó a hacerse popular; pero su verdadera consagración ocurriría en La Habana. Hasta esta ciudad lo trajo Pagliuchi y aquí fue difundido por Emilio González, alias Maragato, el bartender del hotel Plaza, el que, a su vez, lo llevó al Floridita, donde fue modificado por Constantino Ribalaigua Vert —conocido como Constante— cantinero del bar y posteriormente su propietario.

En el Floridita, Constante añadía licor de marrasquino al daiquirí y mezclaba todos los ingredientes en una batidora americana, con lo que su preparación devino un nuevo trago; sin embargo, él mantuvo el nombre que el ingeniero italiano le había dado en Santiago de Cuba. En Islas en el golfo, Hemingway dejó anotada su experiencia con los cocteles de este barman: “Había bebido daiquirís dobles helados, los grandiosos daiquirís que preparaba Constante, que no sabían a alcohol y daban la misma sensación, al beberlos, que la que produce el esquiar barranca abajo por el glaciar cubierto de nieve en polvo”.[1] A la versión que tomaba el novelista no se le agregaba azúcar, sino una cantidad de ron mayor de la habitual. Hoy esta adaptación, nombrada Papa Hemingway en su honor, es recomendada a los clientes del Floridita. Además del popular trago, una escultura en bronce de tamaño natural, mantiene viva su memoria en el bar. La obra, realizada por el artista José Villa Soberón en el año 2003, representa al escritor recostado a la barra, en el mismo sitio que gustaba ocupar cuando iba allí. En 1953 Esquire, una revista que recibía colaboraciones de Hemingway, reconoció al Floridita como uno de los siete bares más famosos del mundo; el novelista norteamericano, por su parte, creía que este era, simplemente, el mejor.

La Bodeguita del Medio, el otro bar-restaurante cubano predilecto de Hemingway, abrió sus puertas con ese nombre en 1950. Ocho años antes había sido adquirido por Ángel Martínez con el rótulo de La Complaciente y era un local en el que se vendían víveres a los vecinos de la zona. En Cuba, las bodegas solían estar ubicadas en las esquinas de las vías, pero esta tenía la particularidad de encontrarse en el medio de una de las cuadras de la calle Empedrado, con lo que la característica se convirtió en su sello distintivo. Así, cuando su propietario decidió instalar allí un restaurante, mantuvo la denominación con que se había hecho notoria: Bodeguita del Medio. En la época en que Hemingway iba a la Bodeguita, este era “un lugar de reunión de artistas”[2] que no se mencionaba “en las guías de viajeros, ni en los What to see in Havana que se ofrecen en las oficinas de hoteles”.[3] A sus mesas se sentaban los poetas Nicolás Guillén y Miguel Otero Silva, el trovador Sindo Garay y el tipógrafo Félix Ayón, para deleitarse frente a platos “como el chilindrón de chivo, la yuca con mojo de ajo, y el ajiaco”.[4] Hemingway, en cambio, acudía a beber mojitos.

Los orígenes del mojito son muy remotos. Según algunas versiones su creador fue el corsario inglés Francis Drake, por eso, en Cuba se llamaba drake, o más familiarmente, draquecito, al trago que resultaba de mezclar aguardiente de caña, limón, azúcar y hierbabuena. El biógrafo del ron cubano, Fernando G. Campoamor, decía que “los bandidos del mar y los contrabandistas de tierra se zamparon sus draques sin la anestesia glacial”[5] porque el hielo “no llegó a La Habana hasta comienzos del siglo xix”.[6] Ya en ese período, después de infinitas destilaciones, el aguardiente había alcanzado la calidad del ron ligero de hoy. El coctel comenzó entonces a ser elaborado con el nuevo líquido y esta variante recibió el nombre de mojito. Varias fuentes aseguran que la Bodeguita del Medio fue el primer establecimiento en comercializarlo, cierta o no esta afirmación, era aquí donde Hemingway prefería tomarlo.

Según Carlos Baker, biógrafo del escritor norteamericano, a este se le despertó el gusto por las bebidas alcohólicas a muy temprana edad, en la casa donde la familia pasaba los veranos en Wallon Lake, en el estado de Michigan. Cuando se instaló en Cuba, Hemingway contaba con más de treinta años, por lo que había tenido tiempo de convertirse en un catador de experiencia, por eso, la frase que escribió en la Bodeguita del Medio se ha repetido tanto: es cierto que su autor fue una celebridad, pero más allá de esa circunstancia, era, además, un gran bebedor, de ahí que su predilección por el daiquirí del Floridita y el mojito de la Bodeguita legitime la calidad de los cocteles servidos en estos bares.


Referencias

[1] Apud Fernando G. Campoamor: El hijo alegre de la caña de azúcar, Editorial Científico-Técnica, La Habana, 1993, p. 106.
[2] Alejo Carpentier: “Una décima a Rosa Guillén”, en Letra y Solfa. Variaciones, Editorial Letras Cubanas, La Habana, 2004, p. 39.
[3] Ibídem
[4] Ibídem, p. 38.
[5] Fernando G. Campoamor: op. cit., p. 134.
[6] Ibídem

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    La Bodeguita del Medio.
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    La Bodeguita del Medio.
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    En El Floridita.
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    El Floridita.
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    Preparando mojitos en La Bodeguita.