Famosos en Madruga

Por Analay Medero Alvarez

Hotel Las Delicias, residencia de Hubert de Blanck durante su estancia en Madruga

El ingenio San Antonio y los manantiales de aguas mineromedicinales eran las principales fuentes del desarrollo socioeconómico de Madruga. Durante todo el año los balnearios recibían visitantes, pero entre los meses de abril y septiembre esta afluencia aumentaba de manera significativa. Entonces las calles, los restaurantes, los bares y los hoteles del pueblo se llenaban de personas. Vladimir Hernández Zamora, uno de los miembros del grupo Huellas de la historia,[1] tuvo acceso a los registros de huéspedes del hotel San Carlos y en ellos halló varios nombres conocidos. Estuvieron en Madruga, muy probablemente para acudir a los balnearios, Carlos J. Finlay, el eminente médico descubridor del agente transmisor de la fiebre amarilla; Carlos de la Torre y Huerta, fundador de la Sociedad Cubana de Historia Natural Felipe Poey y rector de la Universidad de La Habana; así como los presidentes de la República Mario García Menocal y Alfredo Zayas.[2] En esos libros también figuraba el nombre del músico holandés Hubert de Blanck, quien permaneció en el pueblo mucho más tiempo del que duraba una temporada de baños.

Hubert de Blanck vino por primera vez a Cuba en 1882 y al año siguiente regresó para radicarse en La Habana. En 1885 fundó un conservatorio en el cual, “la enseñanza musical era seriamente impartida, con el concurso de los mejores profesores del momento”.[3] Hacia 1903 arrendó el hotel Delicias del Copey de Madruga, después de haber contraído matrimonio con Pilar Martín, hija de un comerciante de la localidad. En ese período se llevaron a cabo algunas reformas en el edificio, donde tuvieron lugar las primeras exhibiciones cinematográficas en Madruga, que fueron promovidas, precisamente, por Hubert de Blanck. Cuentan que, entusiasmado con el proyecto, el músico habilitó una casa que había al lado del hotel para instalar un cine. El Delicias, nombre con el que fue bautizado, sería el precursor de este tipo de establecimientos en el pueblo.

Hacia 1923 otro ilustre personaje llegó a la localidad: el pintor Fidelio Ponce de León, quien, tras abandonar la Academia de San Alejandro en 1918, optó por un estilo de vida disoluto y residió temporalmente en pueblos como San Antonio de los Baños y Güines. Tal vez atraído por el reposo que podía hallar en los balnearios vino a Madruga, donde vivió más de dos décadas.

TextMueble decorado por Ponce, se conserva en el Museo Municipal
En los primeros años de su estancia aquí se hospedó en La Guajira y, cuando se emborrachaba, muchas veces dormía en la estación de policía. Se ganaba la vida como pintor de brocha gorda, realizando anuncios publicitarios para los comercios locales o decorando objetos. En el museo de la localidad se conserva un mueble de radio que fue decorado por él. Como su situación financiera era bastante precaria, pagaba a los dueños de las bodegas con pequeños dibujos, los que firmaba con las siglas P.L.C. si había trabajado por la comida, o P.L.B., si lo había hecho por la bebida. En su honor, nuestra galería de arte se llama P.L.C. En el boletín madruguero Antorcha el historiador Eladio Suárez recordaba que, para realizar la obra por la que trascendió, Ponce “contaba con muchas dificultades porque no tenía dinero y se dedicaba a preparar su pintura comprando Blanco de España y aceite linaza en la farmacia para hacer el color blanco […] además no tenía un lugar apropiado: una casa, y lo [veían] muchas veces pintando en la acera de una calle o en los jardines del balneario La Paila”.[4] En ese mismo texto Suárez afirma que piezas como Tuberculosis, Las beatas, Don Galaor y Marinas fueron realizadas en Madruga y que la célebre Niños, ganadora del primer premio del Salón Nacional de Pintura y Escultura en 1938, en principio se titulaba Niños de Madruga. Todavía hoy algunos refieren que, en el portal del hotel San Luis, Ponce compartió el importe monetario del galardón con los niños madrugueros, y como estos se multiplicaban, terminó regalándoles la parte que había guardado para él. En los años 40 el artista se casó con María del Carmen Fernández, mejor conocida como La matancera y, según el investigador antes mencionado, residieron en la casa número 2507 de la calle 38 entre 25 y 27, hasta que se mudaron a Matanzas en 1947. Cuando dos años más tarde lo trasladaban hacia el sanatorio La esperanza para tratar la tuberculosis que finalmente causó su muerte, pidió hacer una parada en Madruga con el objetivo de darle una última vuelta al parque.

Central San Antonio en la época en que presumiblemente Carpentier residió en el sitio.

Nada se ha escrito sobre la presencia en este pueblo de otra figura relevante de la cultura cubana, Alejo Carpentier; sin embargo, algunas pistas halladas en su propia obra, me han conducido a pensar que residió en Madruga en un período de su infancia. El notable novelista, hijo de un francés y una rusa, nació en 1904 en Lausana, Suiza, y poco después se trasladó con su familia a Cuba. De niño padecía frecuentes ataques de asma, así que sus padres se vieron obligados a buscar un lugar cuyo clima fuera menos agresivo que el de la capital. Quizás antes de establecerse en la finca El Lucero, donde Alejo vivió la mayor parte de su infancia y adolescencia, la familia Carpentier pasara alguna temporada en Madruga con el propósito de aliviar los padecimientos del pequeño en los manantiales de aguas mineromedicinales.

Comencé a pensar en esta posibilidad cuando, leyendo las cartas que durante su estancia en París el novelista le remitió a su madre, encontré una misiva del año 1930 en la que se despide con la siguiente fórmula: “Toutouche,[5] Toutouche, te envío un beso muy, muy tierno. Pronto estarán allá las Rivera, que te enterarán de los detalles más insignificantes de mi vida. Gracias a sus relatos me verás vivir como si estuviera en Madruga o en Matanzas. Un beso muy, muy grande”.[6] Esta simple mención no bastaba para sacar conjeturas significativas al respecto. Tampoco podía inferirse mucho a partir de otro pasaje que hallé más adelante, en el que Carpentier le explica a su madre que la ciudad en la que se desarrolla parte de la acción de ¡Écue-Yamba-Ó!, su primera novela, no representa ninguna urbe en particular puesto que es “un resumen, una síntesis, de la vida provinciana en Cuba. […] es una mezcla de varias ciudades en una: tiene de Matanzas, de Sagua, de Santa Cruz del Norte, de Madruga”.[7] Ahora bien, en una carta de 1931 sí había una referencia que aportaba alguna información de valor. Durante el proceso de escritura de ¡Écue-Yamba-Ó! Carpentier le pedía a su madre materiales para documentarse, justamente, mientras le agradece uno de estos envíos, comenta:

Las fotografías de paisajes cubanos son magníficas, magníficas. No podía pedirse nada mejor. El ingenio en la noche y la caña. […] Lo interesante son paisajes, muy selváticos, y todo lo que se refiere a la caña —transporte, campos, pesas y trozos del ingenio: el hoyo en que derraman la caña para que suba hacia las máquinas y las calderas. Estas dos últimas cosas podrían ser interesantes. También quisiera me averiguaras si hay alguna fotografía de ingenio rodeado de casas. El que me enviaste es estupendo: es el moderno, que está aislado de las viviendas. Quisiera también uno antiguo, rodeado de casas. ¿Recuerdas el San Antonio en Madruga?[8]

La pregunta final demostraba que no solo Carpentier había conocido el ingenio de Madruga, sino también su madre. Pero, ¿bastaba una simple visita para recordar el detalle de que había casas en los alrededores del ingenio de Madruga? Tal vez sí. Sin embargo, ¿era tiempo suficiente para conocer a la persona que inspiraría el personaje de Menegildo, el protagonista de ¡Écue-Yamba-Ó!? En la edición crítica de esta novela, publicada en el 2012, se rescatan varios textos relacionados con la obra; en los apuntes para el prólogo, Carpentier revela que Menegildo era como “se llamaba el joven trabajador del pueblo de Madruga que [le] sirvió de modelo”.[9] La frase presentaba una nueva evidencia: si Carpentier se había relacionado con un trabajador de esta localidad, su estancia aquí había sido prolongada. El novelista conoció el ingenio, así como la geografía madruguera, en un artículo de 1941 evoca la “auténtica selva virgen, que se alza en los montes de Madruga, tan ricos en extrañas formaciones basálticas”.[10] Y si todas estas alusiones a Madruga no bastaran para probar mi hipótesis, he de añadir que hace poco tuve la oportunidad de ver, en la Fundación Alejo Carpentier, una postal escrita por la mano insegura de un niño que, en un descuidado francés, le cuenta a una tía que ya se ha ido de Madruga y se encuentra en La Habana. La tarjeta carece de fecha y de firma, pero es muy probable que el emisor haya sido Alejo y la destinataria, Geneviève Carpentier, hermana de su padre.

La investigación está abierta, habrá que continuar la búsqueda de datos que corroboren, de manera rotunda, la presencia de Carpentier en Madruga. Y en este proceso apasionante, quizás aparezca el nombre de algún otro famoso que estuvo por aquí.


Referencias

[1] Este grupo, adscrito al Museo Municipal de Madruga, se constituyó con el propósito de rescatar la historia de la localidad. Entre sus actividades fundamentales se encontraba la publicación del boletín histórico-cultural Antorcha.
[2] Cf. Carlos Miguel Suárez Sardiñas: “Historia resumida de los baños de Madruga” (material inédito). Cortesía del Museo Municipal, ave. 25, No. 2807, e/ 28 y 30, Madruga.
[3] Alejo Carpentier: La música en Cuba. Temas de la lira y del bongó, Ediciones Museo de la Música, La Habana, 2012, p. 191.
[4] Eladio M. Suárez Castillo: “Fidelio Ponce de León en Madruga”, en Antorcha, 22 de diciembre de 1997, No. 3, año II, p. 2.
[5] Apelativo cariñoso que usaba Alejo Carpentier cuando se dirigía a su madre.
[6] Alejo Carpentier: Cartas a Toutouche, Editorial Letras Cubanas, La Habana, 2010, p. 191.
[7] Ibídem, p. 385.
[8] Ibídem, pp. 251-252.
[9] Alejo Carpentier: ¡Écue-Yamba-Ó!, Editorial Letras Cubanas, La Habana, 2012, p. 294.
[10] Alejo Carpentier: “El cubano ha descubierto el placer del weekend”, en Tiempo Nuevo, La Habana, 26 de abril de 1941, p. 13.

  • Placeholder
    Detalle del muebel decorado por Ponce
  • Placeholder
    Galeria PLC Madruga